Hispania: La península ibérica en la Antigüedad: 91 (Manuales universitarios)

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El conocimiento de la Historia Antigua de España es de obligado estudio en los planes de estudio españoles. Las historias nacionales son parte de la Historia Universal. Sin embargo, al proponer como objeto de estudio los hechos generales de la historia de un país, se corre el riesgo de buscar propósitos patrióticos que resalten las hazañas gloriosas de sus gentes. Así los objetivos históricos de la investigación histórica pueden solaparse con intenciones patrióticas subyacentes y proyectar de manera artificial la realidad presenta hacia el pasado, sin tener en cuenta que los límites del páis cambian y que es la conciencia de unidad voluntariamente aceptada la que unifcia y cohersiona el país. La propia denominación de Historia Antigua de España, en cuya composición entran los términos Antigüedad y España, es ya de por sí cuestionable porque responde a realidades muy distintas difícilmente conciliables entre sí, aunque solo sea porque en la época considerada como «antigua» no hay un territorio políticamente definido que pudiera corresponder con el concepto actual de España. Entendida en sentido político-administrativo, la denominación romana de Hispania comprendía territorios más amplios o restringidos, según el momento histórico considerado. De ahí que hayamos titulado el tomo con el nombre de Hispania, un concepto que los romanos, a partir de experiencias anteriores de púnicos y griegos, fueron conformando territorialmente hasta hacer de él un ente político-administrativo concreto y preciso, que dejan en herencia al Estado visigodo, cuya historia abre las puertas de la Edad Media. Este concepto si, como se ha dicho, por un lado, desborda los límites del actual Estado español, al incluir Portugal, parte del norte de Marruecos y la colonia inglesa de Gibraltar, por otro, deja de considerar, como es el caso de la Comunidad Canaria, una parte esencial de su territorio. Y si estos límites territoriales se prestan a controversia, no dejan de estarlo menos los temporales. Los romanos, que dan el nombre de Hispania a una entidad territorial, en parte desconocida, extendida al conjunto de la península ibérica, son deudores de los colonizadores púnicos y griegos que, mucho antes, ya habían captado el carácter específico del territorio peninsular al denominarlo con el nombre de Iberia. Este espacio geográfico no estaba vacío. Lo habitaban comunidades humanas, que, a través de numerosos influjos multiseculares, tanto del medio físico y del ambiente espiritual y cultural en el que se desenvolvieron como de influencias exteriores traídas por gentes foráneas, fueron modelando los rasgos fundamentales que los individualizaron como comunidades étnicas y culturales propias. Por ello, el necesario punto de partida no puede ser otro que la contemplación de estas comunidades, sobre las que incidirán los pueblos colonizadores y, por último, Roma, cuando ya han configurado unos límites precisos y unos rasgos propios que el Estado romano vendrá a destruir en un proceso de homogeneización o «romanización». Si, durante el Calcolítico y la Edad del Bronce, a lo largo del III y II milenios a. C., las distintas comunidades prehistóricas peninsulares implantan los embriones de su posterior diversidad étnica y cultural, no hay duda de que son, desde los inicios del I milenio, los estímulos, tanto de pueblos colonizadores procedentes del Mediterráneo oriental –fenicios y griegos– como de influjos culturales y humanos celtas, los elementos determinantes en la formación de los pueblos hispanos tal y como los conocen las fuentes clásicas que los documentan. Será, por ello, la colonización púnica y griega en la Península y la descripción de las etnias y pueblos hispanos en el umbral de su confrontación con Roma el punto de partida de una historia que, desde finales del siglo III a. C., se desarrollará, sin solución de continuidad, bajo la sombra del Estado romano. Es esta la historia de Hispania, la primera entidad política que incluye en su marco –y a veces lo
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El conocimiento de la Historia Antigua de España es de obligado estudio en los planes de estudio españoles. Las historias nacionales son parte de la Historia Universal. Sin embargo, al proponer como objeto de estudio los hechos generales de la historia de un país, se corre el riesgo de buscar propósitos patrióticos que resalten las hazañas gloriosas de sus gentes. Así los objetivos históricos de la investigación histórica pueden solaparse con intenciones patrióticas subyacentes y proyectar de manera artificial la realidad presenta hacia el pasado, sin tener en cuenta que los límites del páis cambian y que es la conciencia de unidad voluntariamente aceptada la que unifcia y cohersiona el país. La propia denominación de Historia Antigua de España, en cuya composición entran los términos Antigüedad y España, es ya de por sí cuestionable porque responde a realidades muy distintas difícilmente conciliables entre sí, aunque solo sea porque en la época considerada como «antigua» no hay un territorio políticamente definido que pudiera corresponder con el concepto actual de España. Entendida en sentido político-administrativo, la denominación romana de Hispania comprendía territorios más amplios o restringidos, según el momento histórico considerado. De ahí que hayamos titulado el tomo con el nombre de Hispania, un concepto que los romanos, a partir de experiencias anteriores de púnicos y griegos, fueron conformando territorialmente hasta hacer de él un ente político-administrativo concreto y preciso, que dejan en herencia al Estado visigodo, cuya historia abre las puertas de la Edad Media. Este concepto si, como se ha dicho, por un lado, desborda los límites del actual Estado español, al incluir Portugal, parte del norte de Marruecos y la colonia inglesa de Gibraltar, por otro, deja de considerar, como es el caso de la Comunidad Canaria, una parte esencial de su territorio. Y si estos límites territoriales se prestan a controversia, no dejan de estarlo menos los temporales. Los romanos, que dan el nombre de Hispania a una entidad territorial, en parte desconocida, extendida al conjunto de la península ibérica, son deudores de los colonizadores púnicos y griegos que, mucho antes, ya habían captado el carácter específico del territorio peninsular al denominarlo con el nombre de Iberia. Este espacio geográfico no estaba vacío. Lo habitaban comunidades humanas, que, a través de numerosos influjos multiseculares, tanto del medio físico y del ambiente espiritual y cultural en el que se desenvolvieron como de influencias exteriores traídas por gentes foráneas, fueron modelando los rasgos fundamentales que los individualizaron como comunidades étnicas y culturales propias. Por ello, el necesario punto de partida no puede ser otro que la contemplación de estas comunidades, sobre las que incidirán los pueblos colonizadores y, por último, Roma, cuando ya han configurado unos límites precisos y unos rasgos propios que el Estado romano vendrá a destruir en un proceso de homogeneización o «romanización». Si, durante el Calcolítico y la Edad del Bronce, a lo largo del III y II milenios a. C., las distintas comunidades prehistóricas peninsulares implantan los embriones de su posterior diversidad étnica y cultural, no hay duda de que son, desde los inicios del I milenio, los estímulos, tanto de pueblos colonizadores procedentes del Mediterráneo oriental –fenicios y griegos– como de influjos culturales y humanos celtas, los elementos determinantes en la formación de los pueblos hispanos tal y como los conocen las fuentes clásicas que los documentan. Será, por ello, la colonización púnica y griega en la Península y la descripción de las etnias y pueblos hispanos en el umbral de su confrontación con Roma el punto de partida de una historia que, desde finales del siglo III a. C., se desarrollará, sin solución de continuidad, bajo la sombra del Estado romano. Es esta la historia de Hispania, la primera entidad política que incluye en su marco –y a veces lo

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